Asuntos Internos

Asuntos Internos

El siglo XX empezó a terminar el último año de la década de los ochenta junto con el muro de Berlín. El muro comenzó a caer una noche y acabo de desmantelarse meses después, el siglo XX sigue aferrado como un recuerdo que quiere fingirse aún presente. Cada tanto muere una nueva parte constitutiva de ese mundo para mostrarnos que aún había fragmentos por deshacer.
    Los trámites en una oficina son parte de eso que no acaba de ser un recuerdo ni logran ser algo del presente. El trabajo de oficina amenaza con ser reemplazado por el home office o una IA alojada en un servidor flotando en medio del océano, pero la oficina y el trabajo aún siguen volviendo. Vivimos una era apocalíptica que, por haber comenzado en los 80 concluye con el lento eco de un fade out más que con el estruendo orquestal de una ópera alemana o el estallido discordante de una explosión. El final de una era parece ser más un asunto que debemos aceptar internamente. Aceptar que acabó y debemos marchar a nuevos rumbos antes de que la alegría se vuelva patética insistencia vital desnuda en absoluto enfrentamiento con lo real.
     Asuntos internos es una experiencia participativa, una obra inmersiva, un espectáculo de danza y un despliegue de talentos, pero sobre todo es una gran farsa, un engaño.  El teatro es un engaño, pero esta obra se presenta como una parodia de un trámite que sirve para reirnos de las vicisitudes de la vida cotidiana, pero en realidad, es una de las más bellas odas fúnebres, el canto final del cisne de la postmodernidad. Así como Cervantes escribió su Quijote porque no le era ya posible hacer una de sus amadas novelas de caballería, Florencia Werchowsky nos muestra cómo era eso de hacer un trámite en una recóndita oficina y lo hace de la única forma posible: en clave humorística y melancólica. La obra transcurre en lo que fue una oficina real y que parece haber tenido su último rastro de intervención humana en algún momento de mediados de los noventa para haber seguido la vida secreta de los objetos en la silenciosa pero persistente degradación de la gotera que cae en la alfombra, la fotocopiadora que se llena de polvo, el bibliorato inútil en el rincón lleno de palabras que acaso apenas leyó quien lo escribió en un tiempo de tan otro ya inimaginable. Ese lugar es brillantemente utilizado por la escenografía a cargo de Santiago Badillo que aprovecha cada uno de esos elementos de oficina por ahí olvidados para armar un museo de lo inútil, una decoración de lo que parece una oficina moderna atemporal con rasgos que van de fines de los setenta a principios de los dosmil; el collage de una era atravesada por diversas décadas. Todo arrumbado en rincones, en el rejunte incoherente y ordenado que tiene la belleza de lo ¿post?apocalíptico. 
A no más de doce espectadores nos citan en un lugar de la Ciudad de Buenos Aires, el cadete Oliver Carl nos guía hasta la oficina donde entramos, nos dan unas planillas para completar que de tan inverosímiles se vuelven reales y de ahí a esperar ¿Qué esperamos? Esperamos en la lenta morosidad de un trámite que acaso no tiene sentido, esperamos que empiece la acción, esperamos que no sea tan largo, esperamos que termine una era o acaso que no se termine nunca. 
Los recepcionistas aparecen y estamos sumidos ya en ese mundo en una era imprecisa pero definida.  El lugar en el que nos ponen, la búsqueda de complicidad, la rapidez para improvisar respuestas y leer a cada uno de los tramitantes, nos invitan a jugar el juego de ocupar algún rol en este espectáculo. En especial este trabajo se destaca en los recepcionistas (David Gómez y Julieta Zabalza) y el jefe, encarnado por el adusto Iván García.
 La música, a cargo de Diego Voloschin, nos transporta lentamente de la inerte tranquilidad de oficina a las inquietantes musicalidades electrónicas con las que en los ochenta y noventa se soñaba el final de todas las eras. Eso oímos cuando estamos con las planillas ya completadas, a la espera de saber qué más debemos hacer para continuar el trámite. Ahí en plena oscuridad descubrimos la belleza que anida en las relaciones humanas, esas que inútilmente clamamos cuando ahora somos atendidos por un bot, una IA, una aplicación. Ese lugar donde aún conservamos la esperanza de que en ese otro que se nos presenta, podemos descubrir un rastro de su humanidad que nos guíe en nuestras desventuras tramiteriles. Aguardamos encontrar en su mirada los sueños y las esperanzas, la calidez de lo humano. Como nos muestra Cao Fei en su video arte Whose Utopía con los obreros fabrile chinos, aquí vemos los sueños, las esperanzas y los sentimientos de esos trabajadores extensiones de la máquina, fríos, indolentes e indiferentes desplegarse antes nuestros ojos que ahora son espectadores que espían por las rendijas de una puerta semi abierta mientras nos preguntamos cuánto más tardarán en atendernos. 
Estas vidas nos son narradas con la precisa coreografía de David Gómez y Julieta Zabalza que, como en los más clásicos y expresivos ballets son capaces de narrar con el solo gesto y el movimiento pero también, como en lo más contemporáneo de la danza, los bailarines son capaces de explorar al máximo la torsión y la movilidad de los cuerpos para generarnos el impacto energético de la actualidad. La ejecución de estas coreografías está a cargo de los dos recepcionistas que las diseñan de Oliver Carl y de la destacada labor de Rocío Agüero que ocupa el rol de la de maestranza. 
Iván García es un jefe displicente y molesto que impone temor y distancia, pero de pronto, en medio de la espera nos sorprende con un emotivo canto ejecutado con la exactitud de quien no necesita de exageraciones para mostrar su calidad musical. Nos subyuga como un aria clásica y nos contiene como un canto de cuna para expresar la desilusión amorosa de quien observa, al decir de Safo, más pálido que la hierba, que su corazón se rompe y con ese acto desnuda la verdadera humanidad oculta tras el gesto adusto de los mayores burócratas que es lo que de a poco comenzamos a extrañar mientras cada vez más tareas repetitivas son entregadas a la tecnología que ahora se presenta bajo la máscara de la IA.
 El enérgico final nos deja ante la certeza de que la calidad del trabajo, sobre todo coreográfico, de todo el elenco, hace que sea o una tarea titánica o una injusticia enorme señalar el trabajo de alguno sobre el de otro de los actores.
Las planillas siguen existiendo en los trámites, pero con la intensificación de la automatización vamos perdiendo la tenue esperanza que teníamos en otra época de, al llegar a la ventanilla del recepcionista, poder aclarar o preguntar por alguno de los matices que queremos poder incluir en lo que no cabe en el recuadro de las opciones múltiples. Recuerdo que una de las preguntas de este trámite indagaban acerca de cómo creías que sería el sonido del fin del mundo. Si hubiera podido responder a esa pregunta al final de la obra apelando al destello de humanidad que apenas se advierte en los ojos de estos empleados cuando están tras el escritorio, creo que habría respondería que el sonido del final (del mundo y de cualquier parte de él) es el de una risa nerviosa y estridente en medio de la oscuridad más absoluta que oímos a lo lejos para luego darnos cuenta de que sale de nuestras propias bocas sonrientes, incrédulas, altisonantes y tan ansiosas como tranquilas, así como reímos en todo momento en esta obra sin saber si la risa es nuestra o ajena.

 Este largo fin de siglo se despide en obras como esta con un reconocimiento a la belleza que supo habitar en las cosas cotidianas, incluso en las más engorrosas. Esas que ahora ya están dejando de existir .Ojalá esté en lo cierto al creer que esta, en muy breve, será una de esas obras de las que todo el mundo habla, a la que todos intentan ir y de la cual siempre están agotadas las entradas, apurense porque como todo, esto también se está acabando siempre.

 
Por Javier Echarri @Javitojso

Ficha técnico artística

Idea: Florencia Werchowsky
Intérpretes: Rocío Agüero, Oliver Carl, Iván García, David Gómez, Julieta Zabalza
Vestuario: Victoria Nana
Escenografía: Santiago Badillo
Luces: Santiago Badillo
Música: Diego Voloschin
Asistencia: Francisco Corso
Producción artística: Alejandro Quesada
Producción: Ianina Maglia
Coreografía: David Gómez, Julieta Zabalza
Dirección: Florencia Werchowsky
 

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