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Jugar a ser

UN POYO ROJO

La obra catalogada como teatro físico conjuga actuación, danza, destreza física y gestualidad ganando aplausos incansables.

El recurso de la ambigüedad y el juego se hace presente en el primer acercamiento a la obra: su nombre.

El Galpón de Guevara aloja gran cantidad de localidades, las cuales se completan sin problemas. Luego de ocho temporadas el espectáculo gana adeptos y nuevos espectadores.

La primer escena es disfrutada por su carácter expectante mientras la incertidumbre invade el galpón. La intriga se desarma en el movimiento de la obra mientras que la expectación se mantiene sin distracciones. No hay lugar para la duda, no hay tiempo, la obra se mantiene varios pasos delante.

Los intérpretes, bailan, parodian y juegan con distintos deportes y géneros de danza. La calidad de movimientos es precisa y decidida. Ambos bailarines danzan solos y con el otro. Como en muchos deportes comienza a generarse una situación de competencia, las representaciones son festejadas por el público con risas y aplausos. La improvisación está presente en el juego musical hecho con una radio en tiempo real. Los cambios de emisora sorprenden y modifican estados de ánimo. Los pequeños gestos que acompañan la coreografía durante toda el espectáculo son formadores de la misma. No sería lo mismo sin ellos. Alfonso Barón y Luciano Rosso se apropian de la obra, bajo la dirección de Hermes Gaido construyen un relato, la competencia se transforma en cortejo.

El apego de los espectadores hacia los intérpretes supera el rechazo que pueden llegar a sentir algunos entes todavía conservadores respecto de la homosexualidad. Aquí esa barrera es sobrepasada con altura. Entre las risas y el juego aparece la ternura, el pudor, el cariño. Desde las destrezas acrobáticas en el comienzo de la obra los espectadores son llevados por diversos universos hasta el minimalismo gestual.

Dirección: Hermes Gaido. Intérpretes: Alfonso Barón, Luciano Rosso. Material coreográfico: Nicolas Poggi Diseño de luces: Hermes Gaido. Fotografía: Alejandro Ferrer.

15.09.2016 Por Flor Carrasco