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Amor sin amor

LA WAGNER

La cruda realidad es representada por La Wagner de Pablo Rotemberg. Sus cuatro valientes bailarinas la interpretan. El público se inquieta y sorprende.

La Wagner es una obra efectista, característica que podría, o no, agradar al público espectador. Los que no agraden del teatro con dicha cualidad deberían evaluar si realmente hay alguna otra forma de mostrar lo que la pieza dice sin tamaño efectismo.

Un pesado desfile de cuatro mujeres inicia la acción, desde abajo se visualiza un pasillo, el cual es recorrido con una caminata lenta. La seriedad y la impronta de las intérpretes intimidan más que su desnudez cubierta solamente por rodilleras, vendas en los codos y calzado.

El espacio es grande, un galpón con dejos de humo y luz fría; cuatro sillas, cada una rodeada por cinturones y un micrófono en uno de los vértices de la sala donde serán enunciados los actos de algunas obras de Wagner: Parsifal, Sigfrido, La Valquiria, Tristán e Isolda.

Todavía con el público incómodo por la desnudez, una de las bailarinas rompe el hielo posicionándose en el medio del espacio, con las piernas separadas, rotadas hacia fuera, flexionando y extendiendo, subiendo y bajando. Al aumentar la velocidad de su movimiento se suman las otras tres bailarinas en una asombrosa sincronía.

La apuesta a la concreción de tratar un tema sexual se eleva de forma exponencial en el momento en que hay simulaciones explícitas de masturbaciones y sexo oral; algunas forzadas, otras irónicas por la ausencia de emoción y otras directamente violentas.

Mientras tanto, y a lo largo de toda la obra, una o varias bailarinas se suben a una silla para luego saltar hacia el suelo de una forma que gira entre lo heroico y lo sacrificado.

En el medio de la violencia coreográfica sincrónica, una de las intérpretes comienza a bailar con movimientos de sensualidad estereotipados, que se transforman en porno-violentos.

Una vez adquirida la costumbre de la masa espectadora a observar cuerpos desnudos en circunstancias de referencia sexual y violenta, vuelve a subirse la apuesta con la simulación de una violación. Uno de los personajes es la víctima mientras los otros tres, los violadores, toman turnos para su acción. Los tres turnos se repiten varias veces siendo estos diferentes entre sí: el primero es más estereotipado; el segundo es físicamente tranquilo y sensitivamente violento; el último es totalmente coreografiado.

Dentro de este acto se introduce un objeto, una máscara, que presenta la idea de ausencia de identidad o más bien la posibilidad de múltiples identidades, cualquier persona detrás de una máscara podría convertirse en el victimario de los hechos anteriormente descriptos.

La secuencia continúa con un baile similar al de la gimnasia aeróbica, rígido, con intenciones violentas donde al mismo tiempo vuelve a aparecer un dejo triunfal, pero surge la pregunta: ¿Triunfo sobre qué?

Las escenas menos concretas son acompañadas por la música de Wagner, artista amado por su arte y cuestionado por sus ideas, mientras que en las más explícitas se escucha un sonido molesto, pesado y fastidioso. Las contradicciones están presentes por doquier y se entremezclan constantemente, el sexo y la violencia, la sensualidad y lo pornográfico, el triunfo y la decadencia. Estas contradicciones ponen de manifiesto los roles de la mujer en la sociedad poco definidos, la cosificación, la violencia y el dolor que se expresan por medio de coreografías bruscas y explícitas, saltos al vacío con gestos triunfantes hacia en golpe rudo del piso. Los elementos coreográficos que conforman la obra son intensos y chocantes, con movimientos precisos y sumamente coordinados.

La obra expresa de manera cínica y efectistas una parte de la realidad que nadie quiere ver por medio del rechazo y la repulsión de lo representado, una técnica muchas veces cuestionada, lo que habría de cuestionarse es si puede ser representada de otra forma.

Dirección: Pablo Rotemberg. Intérpretes: Ayelen Clavín, Carla Di Grazia Josefina Gorostiza, Carla Rímola.

29.04.2016 Por Flor Carrasco

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